El Noviazgo

El noviazgoDEJAR MI LUGAR PARA IRME A VIVIR CON EL? DISFRUTO TANTO DE MI VIDA QUE NO SE SI QUIERO TRANSFORMARLA EN NUESTRA VIDA".

Reconozco que yo también lo hice. Era algo automático: cada vez que comenzaba una relación, me sumerja dentro de mi libro del Horóscopo Chino, en la parte dedicada a las "compatibilidades". Si resultaba que aunque sea para los vietnamitas del Norte el chico y yo teníamos grandes posibilidades de conformar una unión "sólida y duradera", un torrente de paz inundaba mi corazón. Una vez agotadas las fuentes oraculares milenarias, todavía quedaban en pie mis amigas, a quienes acosaba con la misma duda: "¿Vos crees que yo le intereso de verdad para el noviazgo?".

Ese de verdad, así, remarcado, no era otra cosa que mi afán por encontrar alguna señal que me develara mi única incógnita: saber si él y yo, algún día, íbamos a terminar encerrándonos dentro de la preciosa jaulita de la dicha en común. En aquel entonces, yo pensaba que nada en el mundo podía hacerme tan feliz. Ahora sé que me faltó consultar el oráculo más importante: el de la Antigua Grecia que advertía: "Conócete atimismo". Porque, aunque nos transmitieron que la única felicidad de una mujer pasa por el Registro Civil, cuando nos toca dar el gran paso dudamos. Y si lo dimos y ya llevamos varios años de convivencia, dudamos mucho más de que ésa sea la exclusiva felicidad que podemos obtener. Las mujeres cambiamos y, por eso, también la idea de la pareja para toda la vida, con casa, hijos y dinero en común, se transformó. Hoy debemos replantearnos qué tipo de relación deseamos. Y eso es lo que hacemos en esta nota, reflexionar si no somos nosotras las que ya no queremos casarnos (aunque siempre les echemos la culpa a ellos). Para que la sensación de no poder formar una "pareja normal" no nos persiga.

Un cuarto propio Todo lo que necesita una mujer para ser feliz no era el noviazgo sino un cuarto propio, decí la escritora Virginia Woolf. Era una metáfora, obviamente, de la necesidad de la mujer de tener un espacio genuino, que no se vea obligada a compartir con su pareja o su familia. Un mundo privado, íntimo, inaccesible para los demás, incluso para el hombre que amamos. Y a muchas mujeres se les hace difícil i nantenerlo si viven con otro. Mientras que páralos hombres este espacio puede ser el día de fútbol con amigos o el trabajo, a la mujer le cuesta mucho defender esta individualidad porque también le cuesta más encontrarla y, a modo de "medida preventiva", para no ser avasallada, se aparta para fortalecer esta frágil autonomía.

Diana", 26 años, diseñadora de objetos, vivía con sus padres cuando conoció a Juan Pablo, 28 años, arquitecto, que tenía su propio departamento. "Hace unos meses, empecé a sentirla necesidad de indefjendizarme de mis viejos y me había liecho la ilusión de convivir con Juan. Era lo lógico. Pero él nunca me dijo nada. El que me acompañara a ver departamentos donde yo iba a vivir sola durante dos años, fue como decir que nunca se iba a casar conmigo. Así que me fui a vivir sola y nos peleamos. Ahora es él quien quiere que vivamos juntos. Yo estoy re-enganchada con mi casa, me gusta estar sola, escuchar música, parecen pavadas pero la estoy pasando mucho mejor de lo que pensaba. La quiero, sí, pero convivir en el noviazgo, no sé, tal vez más adelante...". Gatatlorismo? ¿Despecho? ¿Se puede cambiar de idea tan rápido? Claro que se puede. Somos sensibles a la realidad. Cuando Diana vivía con sus padres, no sabía que podía vivir sola. Y mucho menos que eso iba a agradarle. "Caminar la vida que tenía con mis viejos por la convivencia con Juan era bárbaro, pero dejar mi lugar, donde no tengo llóranos, doi tde jmech verlo si quiero, donde yo onecido cómo decorar, donde se quedan a dormir mis amigas, charlarnos hasta la madmgada. Esíoijdisfnitando tanto de mi vida, que no sé si quiero transformarla ya en nues-travida,y me siento mal por eso", reconoce.

El noviazgo y su repercucion

UN CUARTO PROPIO
Todo lo que necesita una mujer para ser feliz es un cuarto propio, decí ala escritora Virginia Woolf. Era una metáfora, obviamente, de la necesidad de la mujer de tener un espacio genuino, que no se vea obligada a compartir con su pareja o su familia. Un mundo privado, íntimo, inaccesible para los demás, incluso para el hombre que amamos. Y a muchas mujeres se les hace difícil i nantenerlo si viven con otro. Mientras que páralos hombres este espacio puede ser el día de fútbol con amigos o el trabajo, a la mujer le cuesta mucho defender esta individualidad porque también le cuesta más encontrarla y, a modo de "medida preventiva", para no ser avasallada, se aparta para fortalecer esta frágil autonomía. Diana", 26 años, diseñadora de objetos, vivía con sus padres cuando conoció a Juan Pablo, 28 años, arquitecto, que tenía su propio departamento. "Hace unos meses, empecé a sentirla necesidad de indefjendizarme de mis viejos y me había liecho la ilusión de convivir con Juan. Era lo lógico. Pero él nunca me dijo nada.

EL FIN DE LOS CAZA MARIDOS?
Hasta hace poco, nadie se hubiera animado a poner en duda que para una mujer "felicidad" era igual a "felicidad conyugal o el noviazgo". El hombre era aquel que llegaba a nuestra empobrecida vida para colmarla de placeres y seguridades. Claro, todo esto iba a suceder si sabíamos conquistar -léase aplicar nuestras "artimañas femeninas"- al individuo adecuado. El trabajo era duro, pero su recompensa más que atractiva: una vida que consistiría en un simple dejarse estar y disponerse a ser feliz a más no poder hasta el último segundo. Puede fallar", dijo alguien. Y claro, falló. Sobre todo porque las mujeres descubrimos la fórmula secreta con la que los hombres obtenían esos placeres y seguridades. Y nos apropiamos de ella. De pronto, el intercambio se nos empezó a antojar injusto: "¿qué yo te dé mi vida y vos pagues las expensas? Mmmm... Déjame pensarlo un poquito, ¿sí?".

PAREJOS STAND BY
"Entre nosotros está todo bien hasta que se acerca alguna 'fecha importante'. Por ejemplo, las fiestas o las vacaciones. Martín nunca repara en eso, por él dejaría pasar todo", dice Vanina, 23 años, bailarina de tango. "Más aUá de un fin de semana juntos en el Tigre, no podemos proyectar. Parece que a él sólo le importa el hay. Y sin embargo, hace tres años que estamos juntos. Es contradictorio". Vanina y Martín son claros ejemplos de las parejas "stand by", cada vez más frecuentes: se llevan bien, se entienden, pero eso nunca es suficiente para concretar. Tal vez hubo algún momento cuando la relación pareció consolidarse -aquella tarde cuando intercambiaron las llaves de la puerta de sus respectivos edificios, por ejemplo-y escenas similares que mantienen viva la ilusión de que "algún día...". Pero lo cierto es que ese día, por ahora, no tiene perspectivas de llegar.

CUANDO NOSOTROS TENEMOS MIEDO
"Una mujer sueña que está corriendo por Pakrrno junto a su novio y le dice: 'Si tuviera aire, te diría que te amo'. Aunque esta mujer constantemente reclama un compromiso de su pareja, necesita tener aire, libertad, lo que fuere, para poder amar a otro con pasión o intensidad", detalla el Lie. Hugo Dvoskin. Estamos hablando de las clásicas fóbicas. Nosotras también tenemos miedo al compromiso, un miedo paralizante. Ellas tienen miedo de que el hombre las desee, utilizan artimañas para que "parezca" que ellas son las (|ue aman más, pero hacen lo posible para no dejarse amar, porque "ser amada" es no tener el control y eso les da un vértigo insoportable. "Me di cuenta de que era yo la que no quería avanzaren la relación, aunque estaba enamorada de Santiago. Una tarde le estaba reclamando que, bacía tres meses que salíamos y todavía no me, había presentado a sus padres. A mime molestaba porque ellos venían a almorzar los domingos a su casa y yo me tenía que ir. Y entonces él me dijo: 'Si vos me presentás a los tuyos, yo te los presento'.

NI CONTIGO NI SIN TI
Pero hay otra causa que le lleva a 1 as mujeres por el camino del quiero y no quiero, o quiero cuando él no quiere, que tanto nos hace sufrir. "Nadie se anima a decir claramente que para la mujer no siempre el objeto de deseo es el objeto de amor", asegura Hugo Dvoskin. "Por eso cuando tienen una relación sexualmente muy intensa, quieren y no volverla estable, porque saben que hay pérdida de goce en la estabilidad. "Y no es fácil renunciar a el noviazgo ". Con mucha frecuencia, estas mujeres suelen armar parejas tormentosas: siempre están peleando y reconciliándose, nunca tienen paz. Siempre se están separando, nunca concretan nada, pero tampoco se diluyen. Están unidas por la pasión. Pero de compromiso ni hablar. Aunque no hay engaños sexuales, la vida del otro parece ocultar un misterio infranqueable: nadie puede escuchar los mensajes en el contestador del otro, ni qué hablar de darse las llaves, o saber los horarios o conocer a los amigos. Les da no sé qué presentarse como "mi novio/a".

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