Citas por Internet

Citas por internetCansada de fracasar con los métodos convencionales, una de nuestras cronistas se animó a encender la computadora y rastrear a su hombre ideal en el espacio virtual de citas por internet.

¿Cómo le fue? Agui te lo cuenta con lujo de detalles. Cuando el mozo trajo la cuenta, con mis amigas estábamos en ese punto de las conversaciones femeninas, en el que todo se reduce a: "Los hombres no saben lo que quieren".

Es un consuelo bobalicón, pero después de agotar el relato de los desencuentros de cada una, nos resultaba difícil entender por qué, a pesar de los halagos masculinos, estábamos solas. "A los tipos les falta un chip", soltó Ana. El mozo se rió. "Tiene que haber algún tipo normal.

El tema es saber dónde", dijo Paula, más optimista. Las tres que rondamos los 30- a esta altura ya tenemos claro que el trabajo como las citas por internet no son el mejor lugar para iniciar romances, que ni locas iríamos a un boliche con "ánimo de levante" y que las citas a ciegas con amigos de nuestros amigos son un recurso devaluado. Mientras dejábamos el restaurante, propuse, tímidamente: "¿ Y si buscamos en Internet?". Las dos me clavaron miradas como navajas y Paula fue lapidaria: "Internet es el recurso de las desesperadas". "Mira si te toca un asesino serial. ¡Es lo único que nos falta!", volvió a bromear Ana. No insistí con el tema, pero cuando llegué a casa encendí la computadora y me conecté. No podía ser tan malo. Después de todo, me considero una persona normal y ahí estaba, registrándome en un sitio de celestinaje virtual. Al menos, yo era la prueba viviente de que no todos los que buscan a su pareja ideal en citas por Internet están chiflados.

Mujer soltera busca Elegí uno de los sitios más visitados para asegurarme de que habría una gama amplísima de candidatos y me sorprendí con el número de usuarios registrados en toda América latina: 221.500 personas en busca de compañía. La pantalla desplegó un formulario digital que demandaba algunos datos básicos. "Ah, viene fácil", pensé. Debía elegir un "nick". Es decir, un sobrenombre para presentarme en sociedad. Luego, una clave personal y, por supuesto, la información de rigor: nombre y apellido, e-mail, dirección... En esa parte me de tuve . ¿ Estaba dispuesta a revelar todo eso? La verdad, no. No pensaba mentir, pero tampoco quería exponerme tanto. Así que puse apenas la inicial de mi apellido y tomé el recaudo de dar una dirección de correo electrónico en la que no figura mi nombre completo. El resto lo completé todo: fecha de nacimiento, nivel de estudios y ocupación.

Las citas por internet

Ahora era ciudadana virtual de una nación de "nicles", donde los hombres habían renunciado a sus identidades del mundo real y se llamaban "El más-dulce", "No busques más", "Termina-torl". Lo primero era ver si había alguien que respondía a los parámetros de mi búsqueda. La pantalla se llenó con las fichas de hombres que parecían ser ideales. Algunos de ellos habían publicado sus fotos. Otros habían preferido poner las caras de Brad Pitt o de Bart Simpson. Muchos habían sido tan tímidos como yo y no exhibían ninguna imagen, pero proponían enviar una si había buena onda. No me pareció nada mal ese mundo virtual y democrático en el que no existían las jerarquías ni privilegios. Al día siguiente me conecté ansiosa para ver si había aparecido algún mensaje. Y ¡voilá! Un cartel me avisaba que habían escrito 25 candidatos. "Algunas personas dicen que las sueños son la verdad del alma y el corazón...", empezaba el larguísimo mensaje de uno de ellos, un contador público con vocación de poeta. JuanX* -31 años, soltero, abogado- era más breve: "Acá estoy yo. No sé si hay pocos hombres, pero yo estoy disponible para las citas por internet ".

Bien por Juan X, a veces menos es mas. Al cabo de quince días, mi casilla había acumulado 57 mensajes y un cartel de los administradores del sitio me advertía que estaba llegando al límite de la capacidad de almacenarlos. Los mails de aquellos con los que no tenía interés en iniciar una relación, los eliminé (pero primero los respondí por respeto al tiempo que se habían tomado en escribirme). Algunos, por ejemplo, habían puesto entre sus datos que no querían hijos, así que les aclaré que no creía que fuéra más compatibles. Una mañana, leí el mensaje de Bandido: "Las que tienen tantas exigencias en vez de pedir el sexo necesitan me tienen podrído. Sí,vos también". Bandido se había tomado la licencia de hacerme un análisis psicológico al paso en las citas por internet, pero su ficha personal revelaba algo más que necesidad de agredir: ahí decía que sólo quería sexo ocasional.

Ojos bien abiertos en las citas por internet. A veces las diferencias de objetivos son explícitas, como en ese caso, pero con el correr de los días también aprendí a detectar a los tramposos encubiertos. Varios pretendientes online me despertaron sospechas porque nunca daban su verdadero nombre, ni un número de teléfono personal y se negaban a mandar su foto, aún después de intercambiar con ellos más de media docena de mails. Un par, finalmente, terminaron confesando la verdad: estaban casados y buscaban una aventura. Moraleja: no hay que confiarse en que sólo van a escribir aquellos que respondan al perfil de candidato que elegimos al registrarnos. Dije claramente que buscaba conocer a un hombre sin hijos y de entre 30 y 40 años de edad, pero la mitad de los que me escribieron tenían dos o más hijos y algunos pasaban los 50. "Sos una tonta buscando un hombre joven. No sabes lo que te perdés", me reprochó Bob52, a quien, sin embargo, no le parecía tonto buscar una mujer más joven que él. Durante quince días, mantuve un contacto fluido con cuatro amigos virtuales en las citas por internet. Ellos me dieron sus nombres verdaderos. A cambio, les conté que me llamaba María, que era periodista y les hice una crónica breve de mi vida. Incluso, les envié fotos mías a sus direcciones de e-mail particulares, pero a ninguno de ellos les di mi nombre completo o mi dirección.

Ni siquiera les dije para qué medios solía trabajar, a pesar de que era el dato que más me pedían. La verdad, no creía en lo que Anita me había dicho sobre los asesinos seriales, pero la sola posibilidad de que alguno un pesado que insistiera en aparecerse en mi lugar de trabajo, ya era motivo suficiente de precaución. En el cuarto mensaje me despedí de Cristian: me había mandado una foto de una fiesta con amigos en la que estaban todos borrachos, blandiendo las botellas de cerveza como espadas y en calzones. ¡ Si era eso lo que mostraba para presentarse no quería ver lo que podía exhibir en confianza! Así que quedaban sólo tres candidatos en carrera y creí que había llegado el momento de pasar al teléfono. Fiel a mi propio manual de seguridad, les pedí sus números y los llamé yo. Las cosas pueden cambiar mucho cuando la comunicación se vuelve personal.

Leandro, que en los mails había sido correcto y educado, por teléfono sonó tan latoso y aburrido que los 10 minutos de conversación me parecieron una eternidad. Luis y Marcelo, por el contrario, pasaron esa nueva etapa con honores. Después de una hora y media de una charla telefónica encantadora, con Luis acordamos encontrarnos personalmente esa misma semana, en un restaurante de Palermo Viejo que tiene una terraza perfecta para las noches de verano. Antes de salir, les pasé las coordenadas a mis amigos: el lugar de la citas por internet, el nombre completo de Luis y su número de teléfono. Paula y Anita, que finalmente habían admitido que Internet no era tan mal recurso para conocer hombres, me dieron sus bendiciones y partí al encuentro de mi ex relación virtual, ahora real.

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